"Trató de aumentar la tensión, pero el sedal había sido estirado ya todo lo que daba desde que había enganchado el pez y, al inclinarse hacia atrás, sintió la dura tensión de la cuerda y se dió cuenta que no podía aumentarla. Tengo que tener cuidado de no sacudirlo, pensó. Cada sacudida ensancha la herida que hace el anzuelo y si brinca, pudiera soltarlo. De todos modos me siento mejor al venir el sol y por esta vez no tengo que mirarlo de frente. Había algas amarillas en el sedal pero el viejo sabía que eso no hacía más que aumentar la resistencia del bote, y el viejo se alegró. Eran las algas amarillas del Golfo -el sargazo- las que habían producido una fosforescencia de noche - Pez -dijo-, yo te quiero y te respeto muchísimo. Pero acabaré con tu vida antes de que termine el día. Ojalá, pensó." El viejo y el mar (Ernest Hemingway) |